“El aire de Chanel”, una biografía sin filtros

by Maje Pérez-Ramos

“La soledad ha formado mi carácter, que es malo, endurecido mi corazón, que es orgulloso, y mi cuerpo, que es resistente.”

“¿Tenía realmente conciencia de la revolución que iba a provocar en el vestir? De ninguna manera. Un mundo acababa, otro iba a nacer. Me encontraba allí; se me ofreció una oportunidad, la cogí. (…) Hacía falta sencillez, comodidad, claridad: sin saberlo, yo ofrecía todo aquello.

-Gabrielle Chanel

En este artículo exploramos “El Aire de Chanel” (Fábula Tusquets Editores, 1999), de Paul Morand. Se trata de un libro curioso y revelador en el que Gabrielle Chanel cuenta su propia historia, tal vez no la historia real, si no la que ella quiere que se sepa. Es una obra muy alejada del universo actual de la maison francesa. Para cualquier amante de la leyenda de Gabrielle Chanel que la marca homónima reelabora y vende con maestría desde su muerte en 1976 este libro supondrá un impacto inicial considerable. Escrito en primera persona, nos muestra a la mujer detrás del mito, con sus luces y sus sombras. 

“El Aire de Chanel” es fruto de una serie de entrevistas que el autor mantuvo con Gabrielle “Coco” Chanel en Suiza en 1946. Era un momento un tanto bajo en la vida de ella, la Segunda Guerra Mundial había acabado y en París se la acusaba de colaboracionista con los nazis durante la ocupación. En estas conversaciones, se explaya, se desquita sobre su leyenda, su mundo y sus amigos. A veces sincera, otras maligna, con mal encubierta vanidad, autocompasión y dramatismo, Mademoiselle Chanel repasa su vida en un ejercicio de catarsis del que Paul Morand es un simple cronista.

“Aquella voz torrencial, que se precipitaba como lava, aquellas frases que crepitaban como sarmientos secos, sus réplicas, siempre jugando con el tira y afloja, un tono cada vez más perentorio a medida que la edad la iba ablandando, un tono cada vez más respondón, cada vez más terminante; durante noches enteras tuve que oír condenas inapelables en aquel hotel de Saint-Moritz donde me la encontré, durante el invierno de 1946, inactiva, por primera vez sin arreglar, mordiéndose los labios. Se había exiliado de forma voluntaria a Egandine, dudando en volver a la Rue Cambon, a la espera de un golpe de suerte. Se sentía atrapada por el pasado (…), Verdurin de una edad que la cogía por sorpresa, la época de De Gaulle; la bilis se le salía por los ojos siempre brillantes, bajo el arco de las cejas cada vez más marcado por el lápiz, como arcos de basalto; Chanel, el volcán de Auvernia que París equivocadamente creía apagado”.

Morand, aun siendo amigo suyo (o, tal vez, por ello) elige no maquillar el carácter amargo y amargado que delatan las palabras de Mademoiselle. Salta a la vista, que, como a todo el mundo, a Chanel le atormentaba lo que la gente pensara de ella. Cuando cree que le conviene, omite o pasa de puntillas sobre determinados temas. Niega, por ejemplo, dos hechos de su vida que forman parte de su leyenda: que se crió en un orfanato y que fue cantante en un cabaret. En su lugar, describe con gran detalle su infancia en Auvernia con sus tías, quienes la criaron cuando su madre murió y su padre emigró a América, y de ahí pasa directamente a sus primeros romances.

No es que importe ya determinar qué ocurrió en realidad y qué no. Lo interesante aquí es comparar a la Gabrielle Chanel de este libro, autobiográfico en su intención, con la otra Gabrielle, esa figura idealizada que hasta el día de hoy sigue inspirando todos los productos de la marca, desde la Alta Costura hasta las joyas y el maquillaje. Digan lo que digan hoy en Chanel, la mujer que aquí habla es lectora pero no particularmente cultivada, desde luego no es feminista y poco parecen importarle los derechos de la mujer. Fue, sencillamente, una mujer de su tiempo, pero dura, independiente y con talento. Su tan cacareada rebelión contra el corsé no fue tanto una cruzada feminista como la revancha de la pobre campesina auvernesa, esbelta y fortalecida por el trabajo, contra las señoras ociosas y rollizas, que disimulaban sus excesos en la mesa embutiéndose en un corsé. Con el cambio de siglo y de tendencias ella les hizo pagar sus privilegios: les quitó el corsé para que comieran menos y adelgazasen, las vistió con tejidos humildes, de negro, sin ornamentos y, para colmo, les cobró una fortuna por ello. 

Tal vez por todo esto, en Chanel se utiliza este libro con precaución y no se saca mucho a relucir: demasiados sentimientos encontrados, demasiadas frases políticamente incorrectas. Y sin embargo, es más inspirador y auténtico que todas las campañas publicitarias recientes de la marca. Es alentador ver que para cambiar el mundo no es necesario ser una heroína de novela con aureola de santa. Todas las mujeres, en cambio, nos identificarnos en algún momento con esta Coco Chanel:  unas veces buena y otras no tanto, inteligente y mezquina a un tiempo, primero joven y luego vieja. Una mujer siempre en lucha contra sus demonios y siempre yendo hacia adelante. Una mujer de verdad.

Para saber más: El Aire de Chanel, (Paul Morand, 1976)

Imagen: Robert Doisneau, 1953.

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