Cosmética “Clean”, ¿mucho ruido y pocas nueces?

by Maje Pérez-Ramos

Al igual que sucede en el sector de la moda, las generaciones Y y Z son una constante fuente de desafíos para la industria cosmética; estos nuevos consumidores son más sensibles a los problemas medioambientales y se decantan por  productos para el cuidado de la piel con un enfoque más “natural” (término impreciso donde los haya).

En moda, por supuesto, sabemos que sostenibilidad es el mantra, la Tierra Prometida a donde quieren llegar las marcas sin renunciar a los beneficios de esta sociedad nuestra basada en el consumo desaforado. La cosmética por su parte, tiene un extenso catálogo de buzzwords que se utilizan como cebo para los consumidores. Sin negar que hay numerosos aspectos de esta industria que sí necesitan mejorarse, es un hecho que muchas marcas de cosmética se valen de reivindicaciones vacías de sentido para vender sus productos. 

Escrito desde el punto de vista de una consumidora confusa ante este panorama, este artículo no pretende presentar resultados científicos o educar al lector sobre qué marcas debe favorecer o no; tan sólo clarificar un poco la situación actual a la luz de la legislación europea vigente, a la que todo el mundo puede tener acceso.

Según lo establecido en el artículo 14 del Reglamento (CE) Nº 1223/2009 del Parlamento Europeo y del Consejo de 30 de noviembre de 2009 sobre los productos cosméticos, la composición de estos productos está sometida a una serie de restricciones que se indican en los correspondientes anexos del mismo: sustancias prohibidas, concentraciones y condiciones de uso para las que sí se pueden utilizar, advertencias y precauciones que debe incluir el etiquetado… Estas restricciones, añade el Reglamento, son actualizadas periódicamente, con el fin de adaptarlas al progreso técnico. Tanto para la inclusión de los ingredientes en los anexos, como para sus correspondientes actualizaciones, se tienen en cuenta las opiniones del Comité Científico de Seguridad de los Consumidores de la Comisión Europea CCSC.

Todo lo anterior quiere decir que los cosméticos que se venden en Europa pasan unos controles de seguridad bastante estrictos, por lo que las diferencias entre  los productos “Clean” y los convencionales podrían estar sobretodo en cómo nos los presentan. No estamos hablando de ciencia o eficacia, si no de marketing y ventas. Veamos cuáles son los adjetivos estrella de un producto “natural” y si realmente suponen un valor añadido:

  1. Non-toxic: según el artículo 2 del citado Reglamento Europeo se considerará «producto cosmético» toda sustancia o mezcla destinada a ser puesta en contacto con las partes superficiales del cuerpo humano (…) o con los dientes y las mucosas bucales, con el fin exclusivo o principal de limpiarlos, perfumarlos, modificar su aspecto, protegerlos, mantenerlos en buen estado o corregir los olores corporales. Como hemos comentado antes, la normativa europea regula qué ingredientes se han demostrado seguros para utilizar en cosmética, en qué concentraciones y para qué usos. Así pues, a menos que tu intención sea comértelos, todos los cosméticos que puedes comprar legalmente, lo indiquen o no, son no-tóxicos. 
  2. Cruelty-free: la experimentación en animales es una práctica de esta industria que todos los consumidores deseamos ver abolida. La buena noticia es que, según el artículo 18 del Reglamento, se prohibe (con carácter general) la introducción en el mercado de productos cosméticos cuya formulación haya sido objeto de ensayos en animales. Lamentablemente, la situación no es igual en todas partes. Desde The Ordinary, por ejemplo, declaran que sus productos no se venden en China dado que la legislación de este país exige pruebas en animales para poder registrarlos allí. En cualquier caso, lo que venimos a decir es que proclamar que una marca es cruelty-free tiene escaso o ningún mérito: es, sencillamente, cumplir con la ley para poder comercializar sus productos.
  3. Clean: el adjetivo más equívoco de todos. Clean alude vagamente a la ausencia de sustancias químicas en el producto, asumiendo que todas ellas son nocivas, cosa que está lejos de ser demostrada. Tomemos el caso paradigmático de los parabenos, demonizados por la industria cosmética desde hace años aun cuando no se ha podido probar a ciencia cierta que representen un riesgo para la salud debido a las bajas dosis que se utilizan y a que es improbable que penetren en los tejidos. La propia Tiffany Masterson, fundadora de la marca clean de culto Drunk Elephant declaraba en un artículo en The Guardian escrito por Nicola Davis en el 2019 “No creo que sean peligrosos, pero los consumidores no los quieren”, razón por la cual no los incluyen en sus productos. Paralelamente, no faltan casos de ingredientes naturales proclives a causar problemas cutáneos como los aceites esenciales, evitados por numerosas marcas y absolutamente prohibidos para las embarazadas.

El sentido común, que como decía Voltaire es el menos común de los sentidos, aconseja no dejarnos guiar por las tendencias y el marketing, sino identificar aquellas marcas que realmente comparten nuestros valores e invertir en productos pautados para nosotros  por dermatólogos y profesionales independientes. En palabras de Charlotte Palermino, CEO de Dieux Skin, “¿a quién vas a creer, a los influencers o a los médicos?”.

Para saber más:

Preguntas y respuestas frecuentes sobre el Reglamento (CE) Nº 1223/2009 del Parlamento Europeo y del Consejo de 30 de noviembre de 2009, sobre los productos cosméticos (versión refundida)

• Charlotte Palermino, la voz que grita en el desierto (en Instagram, mejor dicho): escritora freelance, esteticista, experta en Cannabis y fundadora de Dieux Skin. Con una piel fantástica y mucho carácter, Charlotte dedica su cuenta de IG a abrir los ojos de su audiencia al marketing engañoso que abunda en la industria cosmética estadounidense.

Imagen: Unsplash, foto de Oleana Sergienko.

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